sábado, 28 de mayo de 2022


 

DUPMNALD

 

Tiene el nombre del más ilustre e inveterado pato del cine animado del mundo, y al igual que éste dice barrumbadas y hace baladronadas de comedia y también tiene como sus acérrimos rivales a los chicos malos: “Chicos Malos” y “Buenos Tipos” es la clasificación personal de sus enemigos y de sus amigos. A los primeros pertenecen todos aquellos que no son de su agrado, como los inmigrantes ilegales, los comunistas y los gobiernos que no quieren verlo llegar ni de visita a sus predios, y a los segundos corresponden todos aquellos que reciben un “like” digno de Facebook, de su mano derecha que ahora es más poderosa y larga que nunca. Con los Chicos Malos quiere acabar de una buena vez para librar de todo mal y peligro a Patolandia y al resto del planeta, realizando de manera más efectiva y contundente, el mismo trabajo que la oración del Padre Nuestro le encomienda a Dios en su antiquísimo texto.

Sin embargo, a diferencia del locuaz y vilordo pato de caricatura, él es multimillonario y multipropietario en su fastuoso País de Las Maravillas, donde el muro que él más admira, frecuenta y venera, le da nombre a una poderosa   y céntrica calle de New York: Wall Street.

Donald Trump gobierna ahora la única nación que aún se define y se representa con escuetas siglas ante el mundo (USA, EEUU) y está más cerca de ser el Tío Rico de la historieta de Disney o del juego de Monopolio, que un simple palmípedo pobretón de comic. Es el ave con las mejores plumas en ese roído estanque que es el Mundo Desarrollado de este incipiente siglo, donde él comienza a reinar como un cisne imperial y pendenciero, haciendo gala de su alharaca de señor y dueño del lugar. No puede haber la más mínima duda sobre quien manda y medra aquí.

El omnipotente Donald ordena ,con su autoritaria  voz de faraón moderno del Primer Mundo, cerrar puertas, construir muros, edificar murallas ,levantar cercos que blinden  su territorio en sus vastas fronteras, contra las hordas indeseables de refugiados y desarraigados del Tercer Mundo, quienes  huyendo de la pobreza ,la guerra y la muerte en sus países de origen, buscan por cielo, mar y tierra llegar a su Wonderland para empezar a ser felices ahí, o por lo menos para  no morirse de hambre, miseria  y olvido en sus patrias sin futuro.

Los cerrojos de papel debidamente firmados, las cerraduras de tinta debidamente selladas y los bastiones de cemento y concreto debidamente edificados ,son la fórmula perfecta que Donald tiene para evitar que su país de ensueño se convierta en una pesadilla apocalíptica, al recibir la invasión descontrolada de indocumentados, pobres, refugiados, desempleados, narcotraficantes y terroristas y una larga lista de gente de mala ley que, según él, vienen mezclados en esa montonera y ponen en peligro la paz interna de su idílico paraíso terrenal capitalista.

Con un amoroso  y patriótico fervor, declara que a los únicos extranjeros a quienes les permitirá de buena gana pasar y pisar su suelo americano, es a los ejércitos sí, pero de inversionistas; a las multitudes sí, pero de trabajadores calificados, profesionales especializados y turistas adinerados; a los millones sí, pero de  empresarios  que traigan su  riqueza al país y en general,  remarca Donald, su política de puertas abiertas  apunta a beneficiar a todos aquellos que le aporten mano de  obra óptima, copiosas divisas, numerosas inversiones y buen dinero líquido a la economía  más fuerte del mundo. En la misma lista de beneficiarios incluye, cómo no, a las empresas connacionales que se hallan en el exterior, instándolas a que regresen con sus industrias a América (particularmente la industria automotriz, cuyas plantas de producción son grandes generadoras de empleo). El resto de desafortunados bien se puede quedar en sus casitas, sufriendo los mórbidos embates del surdesarrollo y el subdesarrollo.


Y cuando dice América no se refiere al vasto, diverso, multiétnico y multicultural continente rodeado por dos ingentes océanos desde sus litorales hasta los territorios insulares mar adentro. Continente éste que muchos habitamos. No. Cuando él dice América se refiere a la patria del Capitán América que es la suya. América para los americanos, propone: América de nuevo grande poderosa, respetada y temida, es el lema que repite con una persistencia de cacatúa vieja, mordaz y resabiada, luciendo, cual corona, su mayestático copete de pelo rojizo que parece más bien un peluquín ridículo, aunque primorosamente peinado para enaltecerlo a fuerza de disimularlo.

Este Donald es un provocador de siete suelas que con cada documento que firma y con cada llamada telefónica que hace en su recién estrenado cargo de Presidente, hace un espectáculo mediático. Desde su gran escritorio busca pleito, caza camorra con propios y extraños, despotricando y amenazando a quien se le da la gana como se le viene en gana. Actúa siempre asegurándose de que existan cámaras y micrófonos cerca y apuntando hacia él, porque un espectáculo sin público no es un espectáculo sino un ensayo y él no está para conatos de principiante. Los medios de prensa registran con morboso sensacionalismo las apariciones de este Donald: sus frases sus gestos, sus poses, sus actitudes; todo lo que él produce para el consumo inmediato de una audiencia masiva, ávida de actos deslumbrantes propios de ese circo posmoderno que es la política de nuestros días.

No quiere pasar de incógnito Donald y para evitarlo hará lo necesario: emitirá una advertencia, proferirá una amenaza o prometerá una guerra retaliadora, buscando mantener atenta e interesada a su anónima pero multitudinaria audiencia.

— “Donald está aquí, chicos. Y no se irá pronto.”

Eso es lo que quiere decir, ese es el mensaje que quiere precisar y dejar claro para que cale y retumbe en la conciencia de sus espectadores en el mundo entero. Quiere llamar la atención suscitando la tensión y lo logra, el gran ¡Dum!…¡Dumm!… ¡Dumpnald!

Nace otra estrella del show político. 

¡Aplausos!¡Qué viva el show! 


Jorge Lineya.

Santiago de Cali, junio 13 de 2017.